Miércoles, 17 Enero 2018

Vladimiro, el hijo del fundador del Partido Comunista cubano que se bautizó en la cárcel

Written by  Fernando de Navascués Published in Testimonios Lunes, 04 Abril 2016 11:01
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Vladimiro fue educado en el más estricto comunismo revolucionario. Su padre, Blas Roca, fue uno de los fundadores del Partido Comunista de Cuba y uno de sus dirigentes hasta su muerte. De hecho su mismo nombre, Vladimiro, se lo pusieron en recuerdo de Vladimir Ilich ‘Lenin’. Con tan significativo abolengo está claro que tenía un futuro asegurado en la Cuba de Castro: comenzó en el ejército y después como economista al servicio de estado. Solo que llegó el momento en que empezó a darse cuenta de las incoherencias del régimen dictatorial cubano. Defendió las libertades y, tras recordar algunos detalles de la vida de su fallecida esposa, se animó a conocer a Cristo y acercarse a la Iglesia. Esto le llevó a la cárcel, y de ahí, al bautismo.

Efectivamente, Vladimir tenía un futuro prometedor en la Cuba de Castro: en 1961, con 18 años, fue seleccionado para ingresar en la élite de pilotos de combate entrenados por la Unión Soviética. Tras diez años en el ejército, volvió a la vida civil como economista al servicio del gobierno.

Este puesto de funcionario era una atalaya privilegiada para descubrir cómo se manipulaba al pueblo con absoluta impunidad. Vladimir lo explica en una entrevista al semanario de Miami, La voz católica: “En esa época yo trabajaba en el Comité Estatal de Colaboración Económica, y tuve acceso a escritos que llegaban de la Unión Soviética (…) Entonces me di cuenta de que se nos decía una cosa y hacían otra. Y esto me llevó al análisis de la situación cubana, de la doble moral. Nunca he podido pensar de una forma y actuar de otra”. Y denuncia: “Entonces me empecé a sentir mal aquí en Cuba. Vi los métodos que se usan para controlar a la gente; que se ejercía la violencia, pero no tanto física como sicológica. Se compulsa al miedo para que la gente actúe con esa doble moral”.

Cristo se hace presente

Pero sus conflictos no era sólo políticos: “Yo estaba atravesando una crisis muy grande. Mi padre había muerto en 1987. Al poco tiempo murió mi esposa, Gudelia Piñeiro. Ella se había criado en un ambiente católico. Me contaba algunas cosas de las que le habían enseñado y aspectos de la vida de Cristo, aunque después de la revolución abandonó la Iglesia. Pero habían contradicciones en ella: tenía un rosario y al final de su vida se arrepintió de haberse apartado de la Iglesia y pidió que la velaran en una capilla”.

Para iluminar esa lucha interior, en cierta ocasión un antiguo amigo de Gudelia le dijo: “El único que da amor es Dios”. Y Vladimir se puso a buscar. Lo primero leyó “un folleto que es para personas que no tienen conocimiento de Dios, como era el caso mío. Era un librito ilustrado para niños –explica- que se llama La historia más bonita del mundo. Es la vida de Cristo con muñequitos”. Después empezó a frecuentar la parroquia de Santa Rita.

Aquello debió impresionarle, pues poco después llegó a conocer a monseñor Manuel de Céspedes, actualmente obispo de la diócesis de Matanzas, con quien pudo conversar durante horas: “Me llevó a hacer un análisis retrospectivo de mi vida”. Y al que siguió otro encuentro, esta vez con monseñor Jaime Ortega, Arzobispo de La Habana. Éste le hizo ver la importancia de leer la Biblia y de contemplar cómo Dios había dirigido sus pasos por la vida aún sin saberlo él: “Cuántas veces había estado Dios en mi vida para salvarme de cosas muy concretas, que se me quedaron grabadas. Vi que Dios estaba conmigo, Cristo está en mí. Y empecé a ir a la iglesia para prepararme para hacer la comunión, pero primero tenía que recibir el bautismo”.

Sus inquietudes sociales le llevaron a unirse con otros disidentes, lo que acabó, como era previsible, con la detención de todos ellos en julio de 1997 y procesados por sedición en marzo de 1999. Fue condenado a cinco años de prisión, pero Vladimir cumplió con su gran deseo: el 24 de septiembre de 1999, en una celebración sencilla y discreta, pero emocionante, dentro de la cárcel, fue bautizado.

“¿Cómo viviste tu fe en el presidio?”

La pregunta la hacía la periodista Dora Amador, del semanario La Voz Católica: “La experiencia constante de Dios me permitió soportar el tiempo en prisión. Cuando entré en la cárcel de Ariza yo creí que no resistiría. Pero Dios nunca nos pone pruebas que sean superiores a la fuerza que necesitamos para soportarlas. La celda –explica- era de 1.50 metros de ancho por 1.86 de largo. Me levantaba temprano y hacía las oraciones. Leía las lecturas de la Biblia de ese día. Cada vez que me sentía muy deprimido leía la Pasión del Señor. Fue una experiencia que me ha permitido reconciliarme en un medio violento. He podido vivir en paz con los presos y las autoridades”.

Vladimir Roca, cuando salió de la cárcel, lo primero que expresó fue su deseo de prepararse para la Primera Comunión y la Confirmación: “El único camino es Cristo, y es quien me impulsa a buscar que nos reconciliemos. Nuestra solución, nuestra libertad sólo es posible a través del amor”. Desde entonces se ha destacado por su constante y pacífica lucha por los derechos humanos en la isla caribeña.

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