Domingo, 21 Enero 2018

Paternidad responsable en el siglo XXI

Written by  Vicky Mijares Published in Sociedad Lunes, 02 Mayo 2016 10:59
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Los novios han sido llamados por Dios a realizar un misterio de gracia muy grande: el matrimonio. Dios mismo es quien lo ha creado. Él, al crear al hombre y a la mujer, quiso que se unieran con un vínculo de amor perpetuo, y que fuera en ese marco sagrado donde se produjera la transmisión de la vida humana.

El matrimonio es un misterio, donde dos personas humanas perpetúan la humanidad entera. Se requiere de las dimensiones o elementos que integran a la persona en todos los sentidos bio-sico-social-espiritual.

La sexualidad positiva es manifestación realmente amorosa, dignifica a la persona humana; sólo es noble y digna aquella sexualidad en la que firme y establemente una persona elige a otra con inteligencia, conciencia y voluntad a donarse por amor. La sexualidad sin amor no es humana, se limita a solo un instinto animal.

El Magisterio de la Iglesia nos invita a reflexionar profundamente sobre los principios fundamentales que conciernen al matrimonio y a la procreación. Lo que era verdad ayer, sigue siéndolo también hoy. La verdad sobre la sexualidad y el matrimonio no cambia; más aún, precisamente a la luz de los nuevos descubrimientos científicos, su doctrina se hace más actual e impulsa a reflexionar sobre el valor intrínseco que posee.

En varios numerales la Exhortación apostólica Latetia Alegria hace gran hincapié en que los hijos son un don de Dios y una gran alegría para los padres. En este sentido LA, cita el Concilio Vaticano II subrayando la importancia de la formación de la conciencia, en la que se siente a solas con Dios. Además impulsa los métodos naturales de regulación de los nacimientos. El Papa Francisco pide a los católicos que la conozcan en profundidad, que la hagan suya y que encuentren los medios para darla a conocer con toda su riqueza. Pide especialmente a los sacerdotes mostrar el rostro misericordioso del Padre.

Sin embargo muchos críticos se han quedado con algunos comentarios que han puesto el acento en lo que prohíbe más que en lo que propone.

Claramente la exhortación apostólica “La alegría del amor” tiene la gracia de partir de una antropología que resulta muy hermosa y de una visión del ser humano que lo reconduce a la fuente misma de su vida.

Pablo VI en la Humane Vitae, Juan Pablo II en la Familiaris Consortio, Benedicto XVI en Deus Caritas Est; hablan  del amor conyugal, es decir, del encuentro de un hombre y de una mujer que se prometen constituirse de modo indisoluble y para toda la vida en una comunidad de vida y amor. Que involucra a toda la persona humana; ello significa que considera al hombre y a la mujer en su condición corporal y espiritual. El amor total es un amor que va a la raíz de la persona, a su interioridad. El amor es auténtico no cuando se vive junto al otro, sino que para el otro.

Hoy el hombre ya no sólo ejerce poder sobre la naturaleza, sino que sobre sí mismo y él decide lo que quiere hacer, cómo lo quiere hacer y cuándo lo quiere hacer, olvidando que es una creatura, y por lo tanto, no posee un señorío absoluto sobre sí. Poder de abrirme a la vida o cerrarme a ella. Poder de decidir sobre los ritmos que la naturaleza me ha impuesto y que en vez de leer su significado más profundo prefiero alterar. En definitiva, asistimos a una situación en la que la relación del hombre con el mundo y consigo mismo es de orden utilitarista.

Otro aspecto de la cultura moderna que dificulta vivir la paternidad responsable radica en la banalización de la sexualidad humana y del cuerpo humano. Lamentablemente potentes medios de comunicación social apelan a los instintos del hombre para vender sus productos, haciendo del cuerpo de la mujer un producto que se compra y de la sexualidad humana un lugar de recreación, pero desprovisto de verdad y de significado.

Es lamentable apreciar que tantos niños sienten el dolor de no contar con un padre en la casa. Son muchas las madres solteras que de forma heroica sacan adelante a sus hijos, pero no podemos desconocer que éstos, en virtud de la ausencia de padre, tienen una carencia y que muchas veces los marca para toda la vida.

Qué tristeza, a la luz de la dignidad de la persona humana, saberse fruto de un método fallido, de un encuentro casual, de los instintos o de las pasiones, y no del amor conyugal y todo cuanto ello implica. Muchos abortos provienen de los llamados embarazos no deseados y ellos son fruto de relaciones sexuales al margen de la vida matrimonial. Hoy son muchos los embriones que se hallan congelados o desechados como mero material biológico.

Es importante entender que la Iglesia NO enseña que los esposos han de tener todos los hijos que biológicamente estén capacitados para dar. Nunca ha dicho la Iglesia que ha de ser así. La paternidad responsable, que implica, en primer lugar, conocer los procesos biológicos en cuanto forman parte de la persona. En segundo lugar, el predominio de la razón y la voluntad por sobre los instintos. En tercer lugar, deliberar ponderada y generosamente el número de hijos, si espaciarlos por algún tiempo o no tenerlos, a la luz de las condiciones físicas, económicas, sicológicas y sociales del matrimonio.

Paternidad responsable implica respetar el orden de la naturaleza en cuanto que Dios mismo ha puesto leyes y ritmos que por sí mismos distancian los nacimientos Paulo VI, HV

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