Jueves, 18 Enero 2018

"Acoger en los corazones a los discapacitados"

Written by  Fernando de Navascués Published in Actualidad Lunes, 13 Junio 2016 12:04
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Este fin de semana se ha celebrado en Roma, en el marco del Año de la Misericordia, el jubileo de los enfermos. Ha sido una experiencia difícil de olvidar para quienes han tenido la oportunidad de estar allí. La enfermedad crónica y la discapacidad golpean las conciencias de las personas. A veces porque ninguno quiere verse en esa situación. A veces, porque efectivamente, impresiona un mundo que desconoces y que no sabes cómo afrontar. Otras veces, porque te cuestionan -por no decir que te azotan la mente y el corazón- las capacidades que uno tiene y no las usa como debiera.

A mí siempre me ha cuestionado una parte del “Yo confieso” que rezamos en todas las misas: “…he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión”. Omisión. Omisión. ¿Cuánto es lo que omitimos? Creo que a veces es más grave lo que no hacemos que lo que hacemos. Lo que hacemos mal inmediatamente lo identificamos con nuestra naturaleza caída y en seguida nos damos cuenta de ello. Pero los pecados de omisión son una especie de fantasmas a los que no vemos y, por tanto, no llegamos a ser muy conscientes.

Hablando del jubileo de los enfermos, me pregunto si aprovechamos nuestras capacidades de la forma idónea: miramos lo que tenemos que mirar, cuidamos nuestro cuerpo, nuestra mente; un cuerpo es un don de Dios, mis capacidades intelectuales las aprovecho para rendir mejor en el trabajo o me conformo con pasar de puntillas, ayudo a mis hijos, o a mis amigos, o a quien encuentro por la calle y sé que podría ayudarle…

El Papa Francisco dedicó un tiempo el sábado para reunirse con algunos enfermos y discapacitados así como con sacerdotes, religiosos y demás hombres y mujeres de Iglesia que se dedican a la atención de enfermos. El Santo Padre les pidió renovar el empeño para que las personas minusválidas sean acogidas plenamente en las parroquias, en las asociaciones y en los movimientos eclesiales. Esto supone para el Papa una doble atención: por una parte la necesidad de educar en la fe a la persona discapacitada, incluso con graves discapacidades; y, por otra, la voluntad de considerarla como sujeto activo en la comunidad en la que vive.

El Pontífice también destacó la importancia de estar atentos a la colocación e implicación de las personas discapacitadas en las asambleas litúrgicas, puesto que participar en ellas, con su propia aportación mediante el canto y demás gestos significativos, contribuye a sostener el sentido de pertenencia de cada uno.

“Se trata –dijo el Papa– de hacer crecer una mentalidad y un estilo que quite los prejuicios, las exclusiones y marginaciones, favoreciendo una efectiva fraternidad en el respeto de la diversidad que hay que apreciar como un valor”.

Es un reto, sí. Es una exigencia. Pero no hacerlo sería un pecado de omisión. Y creo que nadie está exento de hacer algo por el hermano enfermo o discapacitado. Si el Papa pedía acogerlos en las parroquias, asociaciones y movimientos, yo apostaría por sumar también en los corazones. Pienso, por ejemplo, en alguna persona mayor. En los propios padres, que a veces, aunque no les falte nada material, si padecen una especie de hambruna afectiva de sus hijos y nietos. O un antiguo compañero de trabajo. O un vecino que vive solo. O un antiguo maestro de la escuela. O un sacerdote jubilado, al que ya nadie recurre…

Ocasiones no nos faltan, y ver a Dios en los enfermos y discapacitados es parte inexcusable de nuestra fe.

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