Domingo, 21 Enero 2018

Liderazgo amoroso – Sujeción voluntaria

Written by  Maleni Grider Published in Familia Miércoles, 29 Junio 2016 15:19
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La relación matrimonial fue diseñada por Dios. Es un vínculo perfecto, un paraíso en la tierra, un lugar de seguridad y plenitud. ¿Por qué, entonces, las parejas enfrentan tantos desafíos, experimentan tanta frustración o pelean tanto?

El establecimiento, la aceptación y el desempeño de los roles creados para el matrimonio son una pieza clave, son la fórmula perfecta para el buen desarrollo de una pareja y su buen funcionamiento, lo cual promoverá el bienestar y la felicidad de ambos, así como la de sus hijos, en caso de tenerlos.

El varón es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia. Al varón se le manda a amar a su esposa, del mismo modo que Jesús amó a la Iglesia, y se sacrificó a sí mismo por ella, es decir, con un amor incondicional, sacrificial dispuesto a dar su vida por ella. A la mujer se le ordena sujetarse a su marido, así como al Señor, y respetarlo en su liderazgo.

Pero, ¿qué significan exactamente estos roles, y por qué batallamos tanto para llevarlos a cabo en una relación sana, sin grandes conflictos ni desacuerdos? Ambos tienen un lugar privilegiado, con el mismo valor, en diferentes funciones, para complementarse, ayudarse y satisfacerse el uno al otro.

Amar a la esposa significa ocuparse de sus necesidades físicas, emocionales, económicas y espirituales. Una esposa espera protección, provisión, apreciación, apoyo, compañía, guía, seguridad, respaldo, e incluso consejo de su marido. Ella espera que él tome la iniciativa, sea capaz de tomar las mejores decisiones para su familia, sepa educar a sus hijos y enseñarles disciplina, y mantenga una relación íntima, transparente, leal, romántica y comprometida con ella.

El esposo, por su parte, espera recibir respeto por parte de su mujer. Él necesita sentirse admirado, atendido, apoyado y también motivado por su esposa, para emprender los altos vuelos que le han sido encomendados, así como para desempeñar su papel de manera exitosa.

Si una esposa se siente usada, humillada o abusada, es porque el marido no está expresando el amor sacrificial, servicial, incondicional del que hablan el apóstol Pablo y Pedro en sus epístolas. Si el marido es negligente, holgazán, grosero, desatento, insensible, áspero o egoísta con su mujer, no podrá obtener admiración por parte de ella. A su esposa se le hará muy complicado sujetarse a él, ya que no existe un buen ejemplo ni una buena guía en todas esas actitudes.

Por otra parte, si el esposo recibe demasiada crítica por parte de su mujer y muy poca retroalimentación, él no se sentirá motivado a conquistar mayores terrenos o a destacar. Si la mujer es conflictiva en vez de promover la paz en la pareja y en el hogar, el hombre se sentirá asfixiado y buscará evadir la comunicación con ella para no tener discusiones. Si ella no muestra respeto hacia él, hacia sus decisiones o su liderazgo, es probable que él no cumpla con sus responsabilidades cabalmente y se muestre frustrado.

El sarcasmo, la crítica y el descuido por parte de ambos, o de uno de los dos, traerá como resultado el distanciamiento, la incomprensión y el resentimiento. En cambio, una buena comunicación, y un buen desempeño de los roles, traerá gran plenitud a la pareja, de tal modo que llegarán a ser “una sola carne”, es decir, uno solo y no dos.

Si su matrimonio está pasando por demasiados conflictos, dense el tiempo de revisar, dialogar y hacer acuerdos respecto de sus roles. Las relaciones extraordinarias ocurren cuando comprendemos y nos sometemos al diseño que Dios creó para que tuviéramos una buena armonía como hombres y mujeres cristianos.

En resumen, el hombre está llamado a ser siervo-líder-amante en el matrimonio, mientras que la mujer fue creada para ser ayuda idónea-motivadora-amante. Toma fe, humildad y sometimiento a Dios el poder desempeñar estos roles.

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