Jueves, 18 Enero 2018

Andando la extra-milla por amor a su nombre

Written by  Maleni Grider Published in Testimonios Lunes, 04 Julio 2016 13:33
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Cuando Jesús pronunció las poderosas palabras: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a quienes os maldicen…” (ver Mateo 5), estoy segura de que algo cambió para siempre en la tierra. La antigua cosmovisión de “ojo por ojo”, o “si me haces, te hago” fue sacudida y puesta en el suelo por su falta de sustento.

Hasta entonces, la historia de la humanidad estaba plagada de eventos vengativos, sin que existiera una reflexión lo suficientemente sólida como para cambiar el progreso de los hechos sociales. Pero cuando el Hijo de Dios llegó al mundo para traernos el Reino de Dios y las buenas nuevas de salvación, su palabra impactó a pobres y a ricos, a religiosos y criminales, a gobernantes y reyes.

En mi experiencia personal con Jesús, los versículos 41 y 42 de ese mismo capítulo transformaron mi forma de pensar y me dieron el impulso para empezar a vivir la vida cristiana con mayor seriedad. Hace varios años, tuve una noche de mucha confusión, me sentía profundamente frustrada porque estaba convencida de que estaba dando mucho y recibiendo poco; y me sentía completamente sobrepasada atendiendo las demandas y necesidades de otras personas, quienes se comportaban de una manera egoísta o abusiva hacia mí.

Lo había intentado varias veces, había tratado una y otra vez de volver al camino de la armonía, la reconciliación y el buen entendimiento, pero nada funcionaba; después de algunas semanas volvía al mismo punto de frustración, desilusión y desánimo. Así que esa noche no pude más, me senté en el sofá donde suelo leer mi Biblia y orar, y lloré amargamente mientras trataba de conectarme con el Señor para recibir de Él una palabra de aliento, una clave, una señal.

El Espíritu Santo me llevó por diferentes páginas de los evangelios, cuando de pronto aparecieron estas frases frente a mis ojos: “Si alguien te obliga a llevarle la carga, llévasela el doble más lejos. Da al que te pida, y al que espera de ti algo prestado, no le vuelvas la espalda”. Mi espíritu y mi alma recibieron un mensaje que nunca antes había escuchado. Por supuesto, había leído estos versos en muchas ocasiones, pero jamás su contenido me había zarandeado como esa noche.

Jesucristo lanzó un reto casi imposible al ser humano, lo confrontó con su ideología, lo enfrentó a su propio ego y lo hizo reflexionar sobre su capacidad de amar. Al decir estas palabras, lo primero que podemos pensar es “Eso es injusto”. Pero la verdad que se encierra ahí es que estamos diseñados para amar, dar y esforzarnos en la justicia mucho más de lo que creemos. Nuestra carnalidad nos grita autodefensa, pero el espíritu nos alienta a dejar de resistirnos y entregarnos por completo a la naturaleza genuina del amor, es decir, al amor que proviene de lo alto y no sólo de nuestra humanidad.

Si Dios ama a justos e injustos, y es perfecto, como hijos suyos Él nos quiere perfectos. Nuestro Salvador es también nuestro Maestro, y el Espíritu Santo es quien “nos enseña todas las cosas” (Juan 14:26). Jesús nos estaba diciendo que ya no tenemos que vivir la vieja vida miserable que vivíamos, llena de pleitos, guerras, destrucción, engaños, ultrajes, ofensas, abusos y detracciones, sino que podemos transformar el mundo a partir del cambio profundo en nuestra concepción del mismo, así como en nuestra forma de enfrentar los conflictos y en nuestra manera de tratar a los demás.

Lo que Jesús nos demandó parece imposible e incuso masoquista, pero Él nos ofreció inmediatamente la justificación de su requerimiento al decirnos que el mismo Padre hace llover sobre justos e injustos. ¿Y qué mérito tendrá amar sólo a quienes nos aman? La fe cristiana sólo puede cambiarnos y cambiar al mundo cuando obedecemos comprendiendo la trascendencia del verdadero amor.

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