Jueves, 18 Enero 2018

La verdadera religión

Written by  Maleni Grider Published in Iglesia Domingo, 10 Julio 2016 10:07
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¡Dichosos los ojos de ustedes, que ven!; ¡dichosos los oídos de ustedes, que oyen! Yo se lo digo: muchos profetas y muchas personas santas ansiaron ver lo que ustedes están viendo, y no lo vieron; desearon oír lo que ustedes están oyendo, y no lo oyeron.  Mateo 13:16 y 17

Antes de su propia resurrección, Jesús resucitó a varias personas de la muerte, según los registros de los cuatro evangelios. Quién sabe si resucitó a muchos más. Pero no es difícil pensar que sí, pues no todo lo que Él hizo está registrado en estos cuatro libros y, además, su poder era ilimitado.

Sin embargo, cuando Cristo resucitó a Lázaro, esto fue un milagro grandioso e impactante, porque el hombre llevaba ya varios días muerto y su cuerpo, todos asumían, había entrado en descomposición dentro de la tumba.

Traerlo de nuevo a la vida fue una demostración contundente del poder de Dios, y de la unidad de Jesús con su Padre, tal como lo fue la propia Resurrección al tercer día de su muerte. Muchos creyeron en Él, pues no pudieron negar lo que ocurrió ante sus ojos.

A pesar de lo glorioso que fue ese momento, sus detractores-enemigos, es decir, los religiosos de Israel, se sintieron acorralados y amenazados, ya que no entendieron la salvación que Jesucristo proclamaba. Tal fue su estupor, que convinieron en matar a Lázaro para calumniar al Mesías y echar por tierra su poderoso testimonio y ministerio.

La persecución, juicio y calumnia de escribas y fariseos estuvo siempre sobre Cristo, y más tarde sobre Pedro, Juan, Pablo, Esteban y otros apóstoles. La ceguera e hipocresía de quienes condenaban cada buena acción, cada acto de sanidad, cada vez que Él perdonaba pecados, daba de comer o realizaba un milagro, provocaba la condenación y descalificación del Mesías por parte de quienes no estaban en disposición de creer y aceptarlo.

¡Ay de ustedes, maestros de la Ley y fariseos, que son unos hipócritas! Ustedes son como sepulcros bien pintados, que se ven maravillosos, pero que por dentro están llenos de huesos y de toda clase de podredumbre. Ustedes también aparentan como que fueran personas muy correctas, pero en su interior están llenos de falsedad y de maldad. (Mateo 23:27 y 28)

El hecho es que, por más evidencias o actos de misericordia que se presenten a una persona que no quiere ver ni oír, no se le podrá convencer si no abre su corazón, si no se rinde ante la soberanía de Dios, y si no acepta la gracia que ha sido derramada a partir de la cruz de Cristo. En última instancia, la fe corresponde a un acto moral. Aceptar la existencia de Dios y su voluntad implica un compromiso de obediencia, así como la necesidad de un cambio en nuestra vida.

Por eso, cuando los escribas y fariseos, que eran falsos religiosos, planearon incluso asesinar a Lázaro, su maldad no tuvo límites. La verdadera religión es misericordia; la verdadera y perfecta religión ante Dios, nuestro Padre, dice el apóstol Santiago, consiste en esto: “Ayudar a los huérfanos y a las viudas en sus necesidades y no contaminarse con la corrupción de este mundo”. (Santiago 1:27) Asimismo, el apóstol señala: “Si alguno se cree muy religioso, pero no controla sus palabras, se engaña a sí mismo y su religión no vale”. Y también: “Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta”.

Jesús hizo obras maravillosas, practicó la máxima caridad y regaló misericordia a manos llenas. También hizo milagros y prodigios, pero el corazón duro de personas falsamente religiosas no le creyó.

Guardémonos de falsa santidad e hipocresía en nuestro interior. Llenémonos de la humildad y la misericordia que Dios espera de nosotros. ¡Bienaventurados somos de poder ver y oír lo que otros no vieron ni oyeron!

 

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