Jueves, 18 Enero 2018

El Matrimonio, un Sacramento

Written by  Ma. Esther de Ariño Published in Familia Miércoles, 13 Julio 2016 15:59
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Asistir a una boda siempre es bonito. Es un evento social que nos agrada por los momentos de convivencia y los muchos y muy buenos deseos de felicidad para los recién casados. La novia luce radiante y el novio, casi siempre un poco pálido y nervioso. Ambos sonríen tímidos al comenzar la ceremonia, más tranquilos en su terminación y felices y tiernos en la recepción, bailando su melodía preferida.

Se suele oír, y por desgracia con demasiada frecuencia que: “no hace falta un papel para la unión de una pareja que se quiere”. Si se quiere ser recto, real y responsable, ¡vaya que sí hace falta el papel! porque el matrimonio civil es necesario, pues es una ley que ampara a los cónyuges y no digamos si es que llega a haber hijos.

La pareja, sin ningún testimonio ni compromiso oficial, en su única forma de unión libre se asemeja mucho a lo que sucede en el reino animal, y sabemos que tanto el hombre como la mujer tenemos diferencia con estas uniones; la diferencia la hace la dignidad que como seres humanos poseemos. Por eso el casamiento civil es necesario y es un deber. Pasando al matrimonio religioso, éste es, cuando los novios son practicantes de una religión.

En la religión católica, el matrimonio es un Sacramento porque el mismo Dios es su autor. La Sagrada Escritura afirma que el hombre y la mujer fueron creados el uno para el otro: “No es bueno que el hombre esté solo”. “Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer y se hace una sola carne” (Gn 2,18,25) “De manera que ya no son dos sino una sola carne”(Mt.19, 6).

La celebración del matrimonio, según lo explica el Catecismo de la Iglesia Católica con gran sencillez, tiene lugar ordinariamente dentro de la Santa Misa en virtud del vínculo que tiene todos los Sacramentos con el Misterio Pascual de Cristo. En la Eucaristía se realiza el memorial de la Nueva Alianza en la que Cristo se unió para siempre a la Iglesia, su esposa amada (ef, LG 6).

Es pues, conveniente que los esposos sellen su consentimiento en darse el uno al otro mediante la ofrenda de sus propias vidas, uniéndose a la ofrenda de Cristo por su Iglesia, hecha presente en el sacrificio eucarístico y recibiendo la Eucaristía para que, recibiendo en el mismo Cuerpo y la misma Sangre de Cristo formen un solo cuerpo ( ef 1 Co.10,17 ). Por todo esto es conveniente que los novios estén en gracia de Dios, es decir, que se hayan confesado, que hayan pasado primero por otro Sacramento que es el de la Reconciliación, el arrepentimiento de sus faltas para obtener el perdón y así poder recibir en gracia la Sagrada Comunión y el Sacramento del Matrimonio.

El consentimiento para la unión matrimonial es algo esencial para que éste sea válido. Los protagonistas de la alianza matrimonial son un hombre y mujer bautizados, libres para contraer el matrimonio y que expresan liberalmente su consentimiento. Ser libres quiere decir, no obrar por coacción, no estar impedidos por una ley natural o eclesiástica. Si el consentimiento falta, no hay matrimonio. Las jóvenes parejas, junto a los preparativos de la boda, han de formarse sobre el Sacramento que van a recibir. Deben ir al matrimonio con una seria y profunda preparación de lo que significan sus deberes y derechos pues sin esto muchas veces puede ocurrir que el matrimonio no tenga validez.

Casarse cuando se está enamorado es una cosa hermosa, pero no se puede tomar a la ligera, sino pensar que esa entrega total y recíproca va a ser para siempre. Son dos seres que están llamados a crecer continuamente en su unión a través de la fidelidad cotidiana, en la salud y en la enfermedad.

“Lo que Dios unió que no lo separe el hombre” ( Mt, 19.6)

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