Jueves, 18 Enero 2018

Ríos de agua viva

Written by  Maleni Grider Published in Iglesia Martes, 19 Julio 2016 11:16
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El que tenga sed, que venga a mí, y que beba el que cree en mí. Lo dice la Escritura: De él saldrán ríos de agua viva.

Juan 7:37 y 38

En el último día de la Fiesta de los Tabernáculos, Jesús, a gran voz, dijo ante muchas personas que, si alguno creía en Él, de su interior correrían ríos de agua viva. Invitó a todos los que tenían sed a beber de Él.

La metáfora es por demás hermosa. Podemos imaginar un torrente de aguas fluyendo. Pero, ¿qué es lo que Cristo quiso decir exactamente al utilizar la palabra “viva”? El agua, aunque tiene movimiento, como el viento, es sin embargo un elemento material, inanimado. Es una composición química, muy cercanamente ligada a la vida. Todos los seres vivos: humanos, animales y plantas requerimos el agua para poder vivir.

El agua es un elemento de la naturaleza sin voluntad propia. Jesús no se limitó a decir algo como “de su interior correrán ríos de agua”, sino que agregó el adjetivo “viva”. Dice el apóstol Juan en su evangelio, que el Salvador se refería al Espíritu Santo que habrían de recibir aquellos que creyeran en Él.

Podemos imaginar con admiración el agua llena de vida, un agua que, en sí misma tuviera vida, un verdadero ser vivo, un agua todavía más saltarina, brillante, refrescante. Así es el Espíritu que Dios mandó para habitar en todos nosotros. No es un espíritu quieto, callado, apagado, sino un Espíritu lleno de vida, poderoso, abundante. “No es un espíritu de timidez, sino un espíritu de fortaleza, de amor y de buen juicio” (1 Timoteo 1:7). Esta Escritura habla de fortaleza, al mismo tiempo que del poder del amor, y de la fuerza del buen juicio (“dominio propio”, dicen otras traducciones).

En otras palabras, Jesucristo estaba diciendo: “Si tienen sed, vengan a mí y beban. Si están sedientos, Yo soy el agua viva, y el que de mí beba no volverá a tener sed nunca más; el que crea en mí recibirá el poder del Espíritu Santo”. También, después de resucitar y antes de ascender al Padre, cuando aún estaba en la tierra, Jesús dijo a sus discípulos: “Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo cuando venga sobre ustedes...” (Hechos 1:8), refiriéndose al día de Pentecostés, cuando el poder del Espíritu vino como un fuerte viento que se posó sobre ellos.

Nuestra declaración de fe nos dota del Espíritu Santo para que podamos vivir una vida completamente plena, rebosante, llena del poder del amor de Dios, llena de misericordia, paciencia, templanza, benignidad, y todos los frutos del Espíritu. Ya no carecemos de nada, hemos sido hechos hijos del Altísimo, quien nos ama eternamemte. Por ello, ya no volveremos a sentirnos vacíos, perdidos o desesperados nunca más.

Basta con que creamos en la presencia del Espíritu que vive en nosotros, el Espíritu que se mueve, arde y se revela en nuestra vida en maneras misteriosas. Su guía es fuente de sabiduría para nuestras decisiones, y su poder es el que nos acompaña cuando regalamos misericordia, cuando oramos por otros, cuando pedimos sanidad para los enfermos, cuando visitamos las cárceles y llevamos libertad a los cautivos, cuando apoyamos a los adictos para que abandonen su infierno, cuando predicamos el evangelio a aquellos que viven en la oscuridad para que vengan a la Luz verdadera.

¿Quién puede dar aquello que no posee? Pero el Espíritu Santo fue enviado a todos aquellos que creen en Jesucristo. Él nos acompaña día y noche, vive dentro de nuestros cuerpos, es agua viva que fluye y nunca se agota.

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