Jueves, 18 Enero 2018

Los cuartos vacíos

Written by  Ma. Esther de Ariño Published in Familia Jueves, 21 Julio 2016 11:08
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"Jesús, traigo nostalgia en el alma. Mis ojos traen vaho de lágrimas porque hay demasiado silencio en mi casa. He venido aquí para que al postrarme a tus plantas, sienta el consuelo de tu entrega, también de tu desprendimiento a tantas cosas, con la única resolución de hacer la voluntad de tu Padre. Y me detengo un momento a pensar y me pregunto: ¿Cómo hiciste el corazón de la mujer, cómo hiciste el corazón de las madres?"

La mujer está en la política, en la ciencia y en la comunicación, pero su esencia no la ha de perder así como tampoco su ternura, su sensibilidad y su percepción. Esto tiene relación con el hecho de cómo sentimos las madres cuando los hijos se van. Los padres lo asumen de distinta manera ya que las horas fuera del hogar los distraen y los confortan.

Cuando las mujeres nos convertimos en madres, pasamos por etapas diferentes: la espera, los hijos pequeños, los hijos en la adolescencia, los hijos jóvenes y cuando los hijos se van. Suena esto a título de película, pero esto es lo que en estos momentos nos ocupa y atañe. Cuando los hijos se van.

Existen diferentes motivos por los cuales los hijos se van: porque se casan, por el trabajo, por lo estudios, en fin, por el motivo que sea, pero al final llega un tiempo en que tienen que partir. Parece que aún oímos las risas, las conversaciones, las discusiones, el teclear de la máquina de escribir o de la computadora ya muy entrada la noche para entregar un trabajo al día siguiente en la Universidad. Un suéter, zapatos, cuadernos, todos en los sitios más inverosímiles de la casa. Habitaciones desordenadas, calor y color por todas partes, ruido, música… Vida.

La casa tuvo las habitaciones destinadas a ellos que se fueron transformando con el paso de los años. Cuartos infantiles primero, después fotografías, pósters, banderines del equipo favorito, libros, revistas, etcétera. Movimiento de entradas y salidas, llamadas telefónicas de larguísimas conversaciones. Los fines de semana el vestido de noche sobre una silla y el silencio de un profundo sueño juvenil en las mañanas de los domingos.

Esos cuartos ahora están vacíos. Muy en orden, con el orden que tantas veces predicamos y que ahora nos duele porque están quietos, callados. Entramos en ellos con pasos quedos y recorremos con la vista las camas y todos los rincones, todo está en orden, todo está bien. Levantaron el vuelo. Se fueron del nido que los cobijó por años. Nosotros, sus padres, los enseñamos a volar y se fueron.

Van a volver pero nada será igual. Regresarán hombres y mujeres forjados en el diario vivir. Con sus vidas propias y manejadas a su manera. Están comenzando la más seria y profunda experiencia, igual que nosotros lo hicimos. Tenemos que retirarnos de la presencia activa en sus vidas y pasar a ser la parte contemplativa de sus existencias y sus proyectos. Se han ido con un equipaje lleno de todo aquello que con amor les fuimos transmitiendo en su corazón y en su mente. Muchas de "esas cosas" estarán dormidas hasta que ellos sean padres. Llevan como escudo, para todos los infortunios que la vida les depare, su fe en Dios y su amor a Él. Los forjamos en el deber y en el afán de la excelencia para emprender toda clase de experiencias y sabrán dar amor porque amor les dimos.

"Abracemos fuerte y dejemos ir" En el abrazo se llevan nuestro corazón, pero después abrimos los brazos y los vemos partir para que la vida los reciba.

Los recuerdos son de "otros tiempos", la nostalgia es el presente de los cuartos vacíos.

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