Jueves, 18 Enero 2018

Por un toque de su amor

Written by  Maleni Grider Published in Iglesia Lunes, 25 Julio 2016 09:58
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Y sucedió que, estando en una ciudad, se presentó un hombre cubierto de lepra que, al ver a Jesús, se echó rostro en tierra, y le rogó diciendo: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. Él extendió la mano, le tocó, y dijo: “Quiero, queda limpio”. Y al instante desapareció la lepra. Jesús le ordenó que no se lo dijera a nadie... Pero su fama se extendía cada vez más y una numerosa multitud afluía para oírle y ser curados de sus enfermedades. Lucas 5:12-15

Toda enfermedad es un aprendizaje. La enfermedad duele, pequeña o grande, lastima. Pero el hecho es que siempre aprendemos algo, y también, cuando nos sentimos afligidos por alguna dolencia en el cuerpo, usualmente buscamos a Dios para pedirle ayuda en ese difícil tiempo.

La enfermedad nos vuelve vulnerables, humildes, pues perdemos todo control sobre nuestra vida y necesitamos la ayuda de familiares, médicos y del Señor. Siempre que enfermamos, nos detenemos en nuestra loca carrera y reflexionamos en las cosas que son realmente importantes para nosotros, es decir, ponemos en perspectiva todas las situaciones y valoramos correctamente.

Una de las cosas que más sobresalen en los evangelios es la recurrente afirmación de que Jesús sanaba a los enfermos, día y noche, la gente se agolpaba adonde Él estaba y trataba de tocarlo, de llegar ante su presencia, de hablar con Él, o de captar su mirada, su atención. A veces me imagino la desesperación, el deseo, la necesidad tan grande de los enfermos por recibir un milagro, por obtener la sanidad de mano del Hijo de Dios.

Al ponerse el sol, o ya entrada la noche, o de mañana, en cualquier ciudad a la que iba, Jesús era buscado por la gente, pues su fama se había difundido por doquier. Era inevitable. Incluso los demonios que habitaban en personas atormentadas se agitaban y vociferaban cuando lo veían aparecer, y Jesús tenía que hacerlos callar para no hacer más ruido. Los reprendía y éstos abandonaban los cuerpos que torturaban, dejándolos libres y completamente sanos.

Dice la Biblia: “¿Alguno de ustedes se encuentra afligido? Haga oración”. La enfermedad nos aflige, ya sea la propia o la de un ser querido. En otras palabras, la Palabra de Dios nos dice “busquen a Jesús, en oración”. Él tiene el poder de sanarnos, y tiene el amor para sanarnos también. Tanto es su amor que ofreció su cuerpo en sacrificio vivo, para que por sus llagas pudiéramos ser sanados.

¿Estamos padeciendo una enfermedad en este momento? ¿Es una enfermedad reciente, o una condición crónica? ¿Cuánto tiempo llevas con ese mal que te aqueja y tortura tu cuerpo y tu mente? ¿Es alguien de tu familia quien está gravemente enfermo, desahuciado quizá? Seguro has pedido por sanidad, o quizás nunca lo has hecho. Pero, si supieras que Cristo acaba de llegar a tu ciudad, ¿qué harías? ¿Qué harían las demás personas si se enteraran de esa noticia?

Estoy segura de que harían exactamente lo mismo que hicieron las personas en el tiempo de Jesús. Yo también haría lo mismo: correría a buscarlo, quizá incluso desde una noche antes de que entrara en la ciudad. Me acercaría, me abriría paso entre la multitud, llevaría mi enfermedad o a mi pariente enfermo y no descansaría sino hasta que Él me volteara a ver, gritaría, lo llamaría a voces, le rogaría de rodillas, y estoy segura de que Él me ayudaría, haría otro milagro, sí, uno más.

En el mundo contemporáneo, la gente se aglomera para ver pasar en la alfombra roja a los artistas de Hollywood, a los cineastas, o hacen largas filas para obtener el autógrafo de un cantante famoso. Muchos esperarían toda una noche por un concierto, o por hablar diez segundos con su escritor favorito en una firma de libros. Caminarían todo un día por tomarse una fotografía con su actor más admirado.

¿Qué haremos nosotros por un momento con Jesús? ¿Ponernos de rodillas, inclinarnos ante Él? ¿Rogar día y noche? ¿Orar hasta el llanto por recibir un toque de su amor? Si sabemos que Él vive y sigue siendo el mismo que ayer, ¿por qué no nos desvivimos por tocarlo con nuestro espíritu, por recibir de Él la sanidad que tanto necesitamos? Derramemos nuestro ser en ruego profundo y busquemos ese toque divino, liberador. Es seguro que recibiremos más de lo que esperamos.

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