Jueves, 18 Enero 2018

La fe de la mujer cananea

Written by  Maleni Grider Published in Iglesia Domingo, 21 Agosto 2016 10:00
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(Mateo 15:21-28)

Una observación que quizá ya hemos hecho anteriormente es que Jesús, como lo describen los evangelios, no fue impresionado por la inteligencia, la riqueza de algún hombre, las revelaciones dadas a los discípulos u otras manifestaciones del poder de Dios, tampoco lo impactaron las capacidades humanas o los pecados más oscuros. Si hubo algo que impresionó al Mesías cuando estuvo en la tierra fue la fe de las personas, sin importar su raza, clase social, calidad moral, posición política o poderío.

El orgullo y la soberbia nos impulsan a no pedir lo correcto: “Si piden algo, no lo consiguen porque piden mal; y no lo consiguen porque lo derrocharían para divertirse (…) pero Dios tiene mejores cosas que dar. Y la Escritura añade: Dios resiste a los orgullosos, pero hace favores a los humildes”. (Santiago 4:3,6).

Asimismo, la altivez de espíritu nos insta a pedir de la manera incorrecta. En el pasaje de la mujer cananea que vino a Jesús a pedir por la liberación de su hija poseída por un demonio, podemos ver y dimensionar claramente el dolor tan grande de esta mujer, su angustia y desesperación al saber que su hija era atormentada por un demonio. No se aclara cuánto tiempo tenía que la muchacha había estado así, ni cuáles eran las manifestaciones o torturas que padecía, sin embargo, siendo madre, la mujer siguió a Jesús e insistió en su ruego.

Su fe fue tan absoluta que sobrepasó la indiferencia del Maestro. Nos sorprende la respuesta que éste le da a la mujer: “No se debe echar a los perros el pan de los hijos”. Pero nos sorprende más la interlocución de la mujer, su atrevimiento: “Es verdad, Señor, pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Obviamente, Cristo replica aún más sorprendido: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo”. Y en aquel momento quedó sana su hija.

Su fe fue tan grande que sobrepasó la humillación. Y su humildad fue la pieza clave para perseverar y que Dios la escuchara. Fe y humildad es la fórmula perfecta. En esta combinación está la clave.

La fe bíblica no responde a una fe mundana, ni humanista (es decir, centrada o dirigida en las facultades del ser humano), tampoco es una fe supersticiosa ni una fe intelectual, ni mucho menos simple conocimiento: ¿Tú crees que hay un solo Dios? Pues muy bien, pero eso lo creen también los demonios y tiemblan”. (Santiago 2:19).

La fe de la que habla la Biblia produce paciencia, y la paciencia prueba, y la prueba esperanza (Romanos 5:3-4). Es pues, una fe que produce humildad, que no demanda sino ruega, que no se irrita sino llora, que no se endurece sino se rinde.

La esperanza es para aquellos que tienen una situación difícil, para aquellos que pasan por una enfermedad, o por un momento de gran riesgo donde su éxito, su futuro, su salud, o algo así de valioso que depende ya sólo de Dios. El que tiene esperanza se encuentra en una posición vulnerable, indefensa, o en la que no tiene control alguno.

Por ello, la fe de la mujer cananea es una fe que impacta pues, luego de la humillación decide humillarse más para recibir el favor de Dios. Su respuesta a Jesús no fue altanera ni retadora ni resentida. Sus palabras reflejan una profunda necesidad, una gran desolación y una esperanza a punto de quebrarse. ¡Qué alivio debe haber sentido al escuchar la resolución final de Jesucristo, cuando él le dijo que por su fe su hija ya había sido liberada!

¿Qué tan profunda es tu necesidad hoy? ¿Acaso podrá tu fe vencer el orgullo para recibir las dádivas de Dios? Es verdad, a veces una sola migaja podrá aplacar nuestra hambre y saciar nuestra necesidad. Después de todo, Cristo multiplicó los panes y los peces para alimentar a una multitud, ¿no es así? ¿Por qué no habría de convertir las migajas en milagro… el milagro que tanto necesitas?

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