Jueves, 18 Enero 2018

“Soledad, Silencio, Pobreza y Virginidad”, todo un plan de vida

Written by  Fernando de Navascués Published in Iglesia Lunes, 29 Agosto 2016 13:02
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Empezamos un nuevo curso y con él renovamos muchas de nuestras expectativas: hacer deporte, adelgazar, aprender un idioma, preocuparse por los más necesitados, decorar la casa… Yo me he propuesto conocer más de cerca a la Virgen María. Bueno, usted podrá decir que no hay mucho que conocer de ella. Los evangelios le dedican cuatro párrafos y el resto son devociones: rosarios, novenas, peregrinaciones, apariciones…

De acuerdo. Estoy muy de acuerdo. Eso es verdad, pero no toda. Por esas extrañas coincidencias que “ocurren cuando suceden” volvió a mis manos un libro que leí y recé hace unos cuantos años. En una época de mi vida en la que me urgía más que nunca una madre cerca, pues la mía estaba lejos y en aquella época no existían los celulares, el whatsapp, ni todos esos instrumentos que tanto acercan al que está lejos y tanto alejan al que está cerca.

Esta obra se llama “El silencio de María” y es de un sacerdote, recientemente fallecido, llamado Ignacio Larrañaga, y que puede seguir comprándose en cualquier librería católica. Adentrarse por sus páginas ayuda a descubrir una Virgen María diferente, pero más real, más auténtica que la Virgen María de las estampas, esa tan dulzona y acaramelada, tan de postal y tarjeta de Navidad que la hacen casi una extraterrestre y no una de los nuestros.

Lejos de esas pinturas que nos muestran una Virgen María rodeada de angelotes gordinflones que sonríen a todas horas y que se asemejan a una especie de sirvientes de la señora, la Virgen María que nos muestra el P. Larrañaga es una mujer de carne y hueso. Una mujer templada, eso sí, pero que con toda la lógica del mundo, con toda su naturaleza humana de por medio, no dudó, pero sí mostró su perplejidad ante el anuncio del ángel, por ejemplo.

María era de carne y hueso, pero su virtud principal fue la confianza en Dios y en el plan que Él tenía para ella. Pensar que María era una criatura perfecta y que no le costó todo lo que el Señor tenía previsto, es casi –y esto son palabras mías-, un insulto y rebajarla de su grandeza. La inmensidad de María no está en que nada le costase –que no fue así-, sino en que supo amar y adherirse al plan de Dios. Aunque esto le acarreara, como le profetizó Simeón en el Templo el día de la presentación del niño, el que una espada le atravesara el corazón…

Hay unas palabras que escribe el P. Ignacio Larrañaga y que a mí me han agitado de una forma especial. Dice de María que ella es “Soledad, Silencio, Pobreza y Virginidad”. ¡Por Dios! Qué inmensidad, qué hondura, qué programa de vida… No me asustan los términos en sí mismos, al contrario, me resultan una invitación a revisarme de una forma radical.

Cuando san Juan Pablo afirmaba que no estábamos en tiempo de profetas sino de testigos, cuando vemos que la fe cristiana es menospreciada, que nuestros sacerdotes son calumniados sistemáticamente, cuando vemos que el martirio en tantos lugares del mundo llama a las puertas de los cristianos, ¿cómo habremos de vivir nuestras creencias?: ¿Adocenados? ¿Domesticaremos nuestra fe para hacerla compatible con el mundo? ¿Seguiremos viviendo con nuestras necesidades materiales totalmente cubiertas cuando tenemos al hermano solo y desamparado a nuestro lado? ¿Haremos de la misericordia una medicina para los dolores de conciencia?

El otro día me comentaba un cura, buen amigo mío, cómo vivían de lujosamente los sacerdotes de tal y tal convento cercano a mi casa. “Viven como en hoteles”, decía. Y apostillaba lacónicamente: “Después se quejan de que no tienen vocaciones… los jóvenes ingresan en las congregaciones en donde van a vivir de forma diferente a sus casas y en donde se vive la autenticidad que proclama Jesucristo en el Evangelio”.

Y sí, efectivamente, no le falta razón a mi amigo. “Soledad, silencio, pobreza y virginidad” -cada uno aplicado a su vocación específica-, son una invitación a ser auténtico, aunque cueste, como le costó a María, pero en pleno siglo XXI.

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