Jueves, 18 Enero 2018

El poder transformador de Dios

Written by  Maleni Grider Published in Sociedad Miércoles, 07 Septiembre 2016 14:59
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Nuestros problemas no son exactamente debidos al entorno; estos son profundamente personales. Arreglar el entorno por lo regular no repara a la persona. La prueba de ello es que muchas personas que enfrentan gran adversidad se vuelven más fuertes y lo superan, mientras que otros cuya vida es fácil deciden autodestruirse. En algunas personas existe cierta resistencia al cambio. Después de todo la santidad y la purificación son actos voluntarios y nunca impuestos.

Vivimos en una sociedad que busca culpables más que compasiva. Pero en el Reino de Dios las cosas son diferentes. Dios condena nuestro pecado, mas no nuestra persona. Él quiere salvar nuestra vida de toda opresión que nos sujeta, de toda situación devastadora, de todo comportamiento autodestructivo, de toda esclavitud, de toda miseria.

El plan de Dios para nosotros es la santidad, que significa vivir separados del mundo, separados del pecado, separados de las tinieblas. Él quiere traernos a la luz y darnos una vida mejor. Pero para esto tiene que ocurrir una transformación. Si nos resistimos, no podremos ser cambiados, de modo que difícilmente nuestras circunstancias cambiarán. Y aun en el caso de que éstas cambien, nosotros volveremos a descomponerlas pues no hemos sido transformados en el interior.

Es fácil responsabilizar a otros por nuestros problemas, nuestra falta de éxito o nuestras miserias. Podemos culpar a nuestros padres, a nuestro cónyuge, a nuestras autoridades religiosas, al gobierno, a la economía, pero no hacernos responsables de nuestro propio destino no nos ayudará a empezar a tomar decisiones a favor nuestro para cambiar el rumbo de las cosas de manera definitiva.

“Dios toma a pecadores como tú y como yo y los compone. Él toma la mugre y la contaminación y las transforma en santidad. Él agarra lo que esta torcido y lo endereza.” (Jim Cymbala)

Esta es una declaración que se refiere a la gracia de Dios, la cual opera de manera absoluta e infalible. Aun no siendo merecedores del favor de Dios, Él derrama su amor y su poder sobre nosotros y nos purifica. Pero para que este milagro ocurra tiene que existir disposición de nuestra parte. Dice el apóstol Pablo: ¿Qué conclusión sacaremos? ¿Continuaremos pecando para que la gracia venga más abundante? ¡Por supuesto que no! Si hemos muerto al pecado, ¿cómo volveremos a vivir en él?” Romanos 6:1-2

La gracia está disponible, el espíritu está presto… pero la carne es débil. Esa es la lucha interior, la profunda batalla que tenemos que ganar para poder experimentar un cambio significativo en nuestra vida, de modo que inclusive otras personas cercanas a nosotros sean impactadas, así como las circunstancias.

Por lo tanto, dejemos de delegar a otros la propia responsabilidad de cambio, dejemos de quejarnos de las circunstancias, dispongamos nuestro corazón a Dios y dejémonos moldear por su Espíritu; vivamos bajo la gracia y no bajo la rudeza de la ley que no puede jamás ser suficiente para llevarnos a la santidad que Dios espera de nosotros.

 

 

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