Jueves, 18 Enero 2018

Un Dios amoroso y apasionado

Written by  Maleni Grider Published in Iglesia Martes, 13 Septiembre 2016 10:55
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En general se tiene la idea de que Dios es un ser amoroso, lleno de compasión, justicia, misericordia y perdón, lo cual no está lejos de la verdad. Sin embargo, nuestro Creador es un ser apasionado, basta con mirar su creación para darse cuenta de que sólo un artista excelso, perfeccionista y detallista pudo haber concebido algo tan bello, y luego haberlo creado de la nada con pasión y perseverancia, hasta alcanzar la obra perfecta que se propuso. Todo ello motivado por el amor que lo constituye, el cual quiso compartir con alguien, de acuerdo a lo que la Biblia relata.

Asimismo, existe consenso en que la pasión es un atributo humano, y que ésta puede llevar a la desgracia. Pero si escudriñamos bien las Escrituras de principio a fin nos damos cuenta de que el Dios que nos hizo tiene la pasión como una de sus principales características. Su primer mandamiento para nosotros es amarlo de manera total y absoluta, no a medias. Y quiere que mantengamos ese amor encendido, como la primera vez. (Ver los mensajes a las iglesias de Éfeso y de Laodicea en el libro del Apocalipsis, capítulos 2 y 3.)

El Antiguo Testamento está lleno de historias extremas como el Diluvio, las 10 plagas de Egipto, el castigo a Sodoma y Gomorra, la liberación del pueblo de Israel a través del mar partido en dos, la provisión del maná y las codornices, así como su milagro e intervención a través de sus líderes y profetas enviados. Podemos leerlo y sorprendernos, para llegar luego a la más bella historia de amor que se encuentra al inicio del Nuevo Testamento (Nuevo Pacto): el nacimiento de Jesús, la cual culmina con el acto más grande e intenso en la historia humana: la Pasión.

Para añadir a esta pasión, podemos asombrarnos con la resurrección y el derramamiento de la gracia, la Salvación y el Espíritu Santo sobre nosotros, como resultado de tan extremo acto de amor. La redención, la restauración y la santificación son ya muestras (fruto) de esta relación apasionada e íntima entre Dios y el ser humano.

Nuestro Dios es un Dios celoso que no comparte el trono con nadie. Él quiere habitar en nuestro corazón de manera exclusiva, sin dar lugar a ningún otro dios. Quiere que lo amemos con todo el corazón y por encima de todas las cosas o personas. Él nos amó primero cuando nos creó, luego cuando nos redimió de nuestra caída. Murió por nosotros en una cruz, entregando su cuerpo y derramando su sangre para librarnos de la condenación.

Dice la Escritura que “terrible cosa es caer en manos del Dios vivo”, pues además de amarnos al extremo y sin límites, de manera incondicional, así también Dios aborrece a los soberbios, condena a los que no creen en Él y castiga a los que perseveran en el mal. Dios preparó un cielo y un infierno, frío y caliente son las dos únicas opciones. Dice Apocalipsis que “a los tibios los vomitará de su boca” (Apocalipsis 3:16). Dios ha hecho todo por y para nosotros, así también demanda todo de nosotros: toda la fe, todo el amor, toda la humildad, toda la santidad, etcétera.

Nuestro Dios no es un dios pasivo sino activo; no es un dios muerto sino vivo; es un Dios poderoso, apasionado y lleno de gloria. Lo más maravilloso de todo es que quiere que vengamos a disfrutar de todo lo que ha hecho, que vivamos su vida en abundancia, que bebamos del agua que salta para vida eterna, ¡que seamos eternos, al igual que Él! Quiere ocupar el lugar principal en nuestra existencia, y sostener una relación indestructible, fiel hasta la muerte, y perecedera, en la que todas las promesas y pactos se cumplan, y en la que vivamos junto a Él por toda la eternidad. ¿Quién más puede ofrecernos algo así?

 

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