Domingo, 17 Diciembre 2017

Somos novios, nos amamos…

Written by  Maleni Grider Published in Familia Jueves, 15 Septiembre 2016 15:32
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¿Te suena conocida esta frase? Armando Manzanero, nuestro compositor yucateco, hizo un éxito de esta canción porque miles de personas se identificaron con su letra. El tema musical suele ser parte de reuniones familiares, tertulias, veladas románticas, festivales, y todos podemos sentirnos enamorados al escuchar sus acordes.

Tan real como la vida es el amor. El noviazgo es una etapa de la pareja, en la cual se establecen los fundamentos de lo que será en el futuro el edificio completo, es decir, el matrimonio, ese lugar de plenitud para dos seres humanos, hombre y mujer, que Dios creó para bendición, crecimiento y satisfacción de ambos.

Cuando la relación de noviazgo está fundada en el amor verdadero, el cortejo, el romance, la cobertura familiar, el compromiso, la lealtad y la fe, los mejores valores prevalecerán hasta el día de la boda. Pero ese momento no es la meta final, sino tan sólo la puerta de entrada a una nueva vida cuyos propósitos son diversos. Por eso, es indispensable que la fundación del matrimonio se coloque sobre la roca, que es Cristo.

Toda la dulzura y la felicidad del noviazgo deben mantenerse durante la vida del matrimonio, es decir, para siempre. Pero esto no viene fácil ni automático. Por más grande que sea el amor que los une, la pareja tendrá que llegar al matrimonio consciente de que habrán de hacer un gran esfuerzo en cada etapa de su nueva vida juntos.

El primer propósito del matrimonio es la procreación. Cuando llegan los hijos, la relación cambia por completo pues ya no gira en torno a las necesidades de dos personas sino también de los nuevos integrantes, los cuales requieren mucha atención, cuidado, dedicación y recursos económicos. Habrá que sacrificar algunos sueños personales, tiempo de pareja y planes, a favor de los hijos.

Si el corazón de ambos no está preparado para esto, puede ser que la vida los sorprenda y los deje frustrados cuando tengan que abandonar sus propias expectativas para ser capaces de sacar sus hijos adelante. Asimismo, es importante que tengan claros sus roles: el padre es el encargado de la disciplina y el crecimiento espiritual de la familia entera, y es responsable delante de Dios por las principales decisiones, así como de la provisión. La madre es la encargada de nutrir emocionalmente a la familia y establecer vínculos afectivos sólidos, así como de llevar en orden el hogar (si ambos deciden que ella se quede en casa para desarrollar ese importantísimo trabajo).

La segunda meta del matrimonio es el crecimiento y desarrollo de sus integrantes, así como la realización de ambos. Para ello, es necesario que los dos se dediquen a tratar de hacer feliz al otro, y no a sí mismos. Es sólo la reciprocidad de esta convicción la que los llevará a la satisfacción entera, de manera permanente.

Por último, los cónyuges deben encontrar el propósito de Dios para su matrimonio, es decir, cómo pueden servir en el Reino de Dios, en su Iglesia, y cuáles son las metas que deben perseguir como seres espirituales y no sólo terrenales.

La belleza del noviazgo es sólo la antesala de un mundo nuevo que se abre con la unión matrimonial, un terreno mucho más complejo en el que el amor y el romance siguen siendo la base, pero en el cual se requiere de un esfuerzo mucho mayor y más profundo.

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