Domingo, 21 Enero 2018

La vida es como andar en bicicleta, no dejes de pedalear

Written by  P. Dennis Doren, L.C. Published in Iglesia Domingo, 23 Noviembre 2014 18:00
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En 2008 el Papa Benedicto dio un discurso que me llamó la atención, especialmente por una frase que dijo muy acertada; en ella animaba a padres de familia, maestros y profesores a no tirar la toalla en la formación y educación de sus hijos; les invitaba a no perder la esperanza analizando las causas de la desesperanza actual, que lleva a muchos padres de familia, maestros y profesores, a rendirse en su tarea educativa, el Pontífice citó un punto como central: «poner a Dios entre paréntesis, organizar sin Él la vida personal y social, afirmar que no se puede conocer nada de Dios o incluso a negar su existencia» (Benedicto XVI, encuentro eclesial, 10-VI-2008). Éste es el gran drama de nuestra sociedad y de tantos hombres de nuestro tiempo que hoy no tienen esperanza, la razón es muy sencilla, han excluido a Dios de sus vidas.

Durante la Solemnidad del Corpus Christi de ese año, el Santo Padre nos decía: “La Eucaristía es el sacramento del Dios que no nos deja solos en el camino, sino que se pone a nuestro lado y nos indica la dirección. De hecho, ¡no es suficiente avanzar, es necesario ver hacia dónde se va! No basta el “progreso”, sino no hay criterios de referencia. Es más, se sale del camino, se corre el riesgo de caer en un precipicio, o de alejarse de la meta. Dios nos ha creado libres, pero no nos ha dejado solos: se ha hecho Él mismo “camino” y ha venido a caminar junto a nosotros para que nuestra libertad tenga el criterio para discernir el camino justo y recorrerlo” (Benedicto XVI, homilía Solemnidad de Corpus Christi, 22-V-2008).

Por eso hoy mi invitación es que dejemos a Dios que camine con nosotros, que le compartamos nuestra vida y nuestros proyectos, y sobre todo, dejemos que se suba a nuestro gran recorrido en bicicleta.

Al principio veía a Dios como el que me observaba, como un juez que llevaba cuenta de lo que hacía mal, como para ver si merecía el cielo o el infierno cuando muriera. Era como un presidente, reconocía su foto cuando la veía, pero realmente no lo conocía; pero luego reconocí a Dios, parecía como si la vida fuera un viaje en bicicleta, pero era una bici… de dos, y noté que Dios viajaba atrás y me ayudaba a pedalear.

No sé cuándo sucedió, no me di cuenta cuándo fue que Él sugirió que cambiáramos lugares y pasó al asiento de adelante, lo que sí sé es que mi vida no ha sido la misma desde entonces.

Mi vida con Dios es muy emocionante. Cuando yo tenía el control, yo sabía a dónde iba. Era un tanto aburrido, pero predecible. Era la distancia más corta entre dos puntos. Pero cuando Él tomó el liderazgo, Él conocía otros caminos, caminos diferentes, hermosos, por las montañas, a través de lugares con paisajes, velocidades increíbles. Lo único que podía hacer era sostenerme; aunque pareciera una locura, Él solo me decía: “¡Pedalea!”

Me preocupaba y ansiosamente le preguntaba, “¿A dónde me llevas?” Él sólo sonreía y no me contestaba, así que comencé a confiar en Él. Me olvidé de mi aburrida vida y comencé una aventura, y cuando yo decía “estoy asustado”, Él se inclinaba un poco para atrás y tocaba mi mano. Él me llevó a conocer gente con dones, dones de honestidad y aceptación, de generosidad y benedicencia. Ellos me dieron esos dones para llevarlos en mi viaje; nuestro viaje, de Dios y mío. Y allá íbamos otra vez.

Él me dijo: “Comparte estos dones, dalos a la gente, son sobrepeso, mucho peso extra”. Y así lo hice… a la gente que conocí se los di, y ahí descubrí que en el dar yo recibía y mi carga se aligeraba. No confié mucho en Él al principio, en darle el control de mi vida. Pensé que la echaría a perder, pero Él conocía cosas que yo no sabía acerca de andar en bici… secretos.

Él sabía cómo doblar para dar vueltas cerradas, brincar para librar obstáculos llenos de piedras, inclusive, volar para evitar horribles caminos.
Y ahora estoy aprendiendo a callar y a pedalear por los más extraños lugares. Estoy aprendiendo a disfrutar de la vista y de la suave brisa en mi cara y sobre todo de la increíble y deliciosa compañía de mi Dios. Y cuando estoy seguro que ya no puedo más, Él sólo sonríe y me dice: “¡Pedalea!”

¡Qué oportunidad tan hermosa tienes hoy de acercarte a Dios!, de acercarte a Él con confianza y cariño, sabiendo que nunca te dejará solo. Hoy cuando vayas a Misa, y te encuentres con Él en la Eucaristía, renueva su presencia en tu vida, y dile al oído en plan de confidencia: “No dejaré de pedalear, si tú no te bajas de mi bici…”

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